Existieron y existen gobiernos presididos por algunos engendros que hacen ver y piensan que las universidades públicas son una calle a la cual se le debe despejar, donde los y las estudiantes organizadas son un problema de seguridad, donde las legítimas protestas contra lo incorrecto y deshumano de este sistema son actos de terrorismo, donde una pinta en una pared con nuestras consignas es reconocido casi como un acto de guerra.

Ahora ese fantasma de los engendros vuelve a retumbar en nuestras cabezas y en las calles. El 13 de septiembre llegó este eco de una forma que no sé si nos lo esperábamos o no, pensamos que la represión volvería a las calles, pero también se nos mete a eso que algunos atesoramos como un centro de pensamiento como lo hacían los eruditos de la biblioteca de Alejandría. Porque, al igual que en aquella antigua ciudad, lo que verdaderamente les da miedo a estos engendros modernos no son los muros de nuestros campus, sino el fuego de las ideas que tenemos en su interior.

Ahora la palabra para justificar la entrada de aquellos traidores de clase de la fuerza represiva del Estado parece sencilla: SEGURIDAD. Pero no podemos esquivar una pregunta que nos atacan directamente: ¿Qué universidad se puede pensar cuando la primera respuesta al conflicto de ideas es la represión policial?

Porque la universidad no nace para que sea un espacio cómodo para el poder hegemónico.

Nació como espacio de pensamiento crítico, de discusión efervescente, de organización popular y de disputa de clase. Donde los hijos de los trabajadores que nunca se pudieron sentar en esos lugares, pero sí construyeron y financian puedan formarse en lo que a ellos nunca se les permitió. Pensar esa es la verdadera función de las universidades públicas, permitirnos pensar y tener una lectura crítica del mundo que habitamos, donde muchos hemos llegado a una conclusión muy cercana que es que el mundo no tiene por qué quedarse como está y que existen alternativas.

Y ciertamente esto es todo lo que el engendro de turno quiere domesticar.

Pero no tenemos que enredarnos con debates moralistas, tenemos que revisar la historia de nuestro país, y nos daremos cuenta que la historia una vez más es cíclica.

En el 2007, cuando algunos estábamos durmiendo plácidamente la Universidad de Caldas estaba siendo asediada a las tres de la mañana por la policía y el ESMAD, que logró irrumpir dentro del campus en medio del tropel. Donde destruyeron gran parte de la infraestructura de la universidad, salones, rejas y hasta el mismo jardín botánico fueron mancillados. 24 de nuestros compas fueron retenidos y lesionados por estos engendros que bajo la instrucción presidencial directa del matarife exigía ingresar y recuperar el campus utilizando la fuerza. Así marcando la pauta del intervencionismo militar y policial.

Y treinta y seis años antes en 1971 en la Universidad del Valle se presenció una de las más dantescas para nosotros que defendemos las universidades públicas. El 26 de febrero, durante una movilización, asesinaron al compañero Edgar Mejía Vargas junto con 8 a 15 personas entre compañeros y civiles, además de 6.000 personas detenidas.

No estamos hablando de alejadas historias. Hablamos de historia que aún recorre los pasillos de los bloques de aulas. Y como estos tenemos extensísimos momentos de nuestra crónica roja llamada Colombia.

Además tenemos que distinguir de una serie de conductas concretas aisladas, de convertir a toda una población de más de 1.4 millones de estudiantes de universidades públicas en criminales, vándalos y terroristas.

Porque ahí está precisamente la trampa en ese discurso.

Porque no podemos hablar de la seguridad desde un espectro neutral. Como si esta palabra no tuviera historia, no tuviera datos, no tuviera muertos encima. Nuestros muertos cuando hablamos de la seguridad en las universidades públicas. Porque esa es la palabra que utilizan estos engendros cuando nuestras ideas se vuelven demasiado incómodas.

Nosotros conocemos esa historia.

Porque nuestra crónica roja está plagada de nombres de jóvenes que pagaron con su libertad, su cuerpo y su vida, el precio de alzarse contra lo que es injusto. Y esa memoria de los compañeros no debería de servirnos para darnos miedo. Debe servirnos para estar más despiertos y hacerle frente a las garras del fascismo que ha vuelto.

Porque las universidades públicas tienen que seguir siendo un lugar donde el poder pueda ser cuestionado y transformado. Ahora es el momento de elegir si ser los eruditos que dejan quemar su biblioteca de Alejandría o aquellos que la defienden.