Hoy, 25 de octubre, el pueblo brasileño se enfrenta a una decisión histórica entre el fascismo y la pérdida de soberanía, representados por Flavio Bolsonaro, y la continuidad de un proyecto político de izquierda que ha devuelto la dignidad a Brasil. Lo que está en juego trasciende las fronteras brasileñas: se trata del rumbo político de toda la región latinoamericana que hoy enfrenta el avance de fuerzas reaccionarias subordinadas al imperialismo estadounidense y al capital internacional.

Esta ofensiva ya se ha extendido en gran parte de los países de nuestra región, donde el avance la extrema derecha amenaza con socavar los derechos conquistados y profundizar la pérdida de soberanía nacional; por ejemplo, el pasado 11 de septiembre, el pueblo chileno despertó con la noticia de la arbitraria, pero no sorpresiva, decisión del presidente José Antonio Kast de suspender todo acto de conmemoración relacionado con la condena al golpe de estado militar que derrocó, con apoyo del gobierno de los Estados Unidos, al elegido democráticamente, presidente socialista Salvador Allende, en el año 1973; y el homenaje a los asesinados, desaparecidos, prisioneros y torturados por el régimen del dictador Augusto Pinochet. Esta decisión, dada por un presidente que no siente ninguna vergüenza en apoyar políticas fascistas e imperialistas, enciende el temor de la consolidación de gobiernos anti derechos y la pérdida total de la soberanía de los países de la región latinoamericana.

Se debe tener en cuenta, que el caso de Brasil y Chile no representa un fenómeno aislado, sino que se alinea a una avanzada que se desarrolla en forma concatenada a lo largo de la región; tales fueron en un inicio los gobiernos de extrema derecha de Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina y Daniel Noboa en Ecuador; avanzada que se intensifica en el 2026 con la llegada casi simultánea de gobiernos de misma cohorte en Chile, Perú y Colombia. Estas tendencias que colorean la región de un mismo color, mantienen muchas similitudes y perpetúan un mismo discurso que pregona políticas económicas liberales, agendas conservadoras, anti derechos, xenofóbicas y represivas, y, sobre todo, la alineación total a los intereses del gobierno de los Estados Unidos.

Este vasallaje manifiesto no es coincidencia, estos gobiernos deben su llegada al apoyo directo e injerencia en elecciones por parte del gobierno del presidente estadounidense Donald Trump, que, sin ningún tipo de reparo lo expone abiertamente en sus redes sociales y conferencias de prensa representando cínicamente y sin ningún tapujo la naturaleza y valores del hegemón del norte. A esto se le suma no sólo la manipulación de elecciones, sino la indiscriminada intervención militar para imponer a la fuerza sus intereses, tal como ocurrió en la madrugada del 3 de enero de 2026, en la que dicho país ejecutó una invasión militar en territorio venezolano, y que, tras 9 meses del suceso, ha conseguido apoderarse mediante la coacción del control total de las reservas probadas de petróleo en Venezuela.

Aunque a priori se pueda diagnosticar tras un análisis superficial, como fuente de problema a las políticas específicas adoptadas por Donald Trump, esto no sería más que una conclusión errónea; las dinámicas de coerción imperialistas van más allá de una discusión de quien toma el poder entre Demócratas y Republicanos en dicho país, de hecho esta conducta ha estado presente desde su misma fundación independiente del gobierno de turno: un largo historial de intervención y dominación que se ha traducido en la coerción a lo largo del planeta en distintas naciones. Sin embargo, para no irnos tan lejos, en nuestro país, Colombia, el imperialismo estadounidense ha hecho presencia en episodios dolorosos tales como, la participación mediante la intimidación militar tras enviar barcos de guerra, presionando al gobierno colombiano a perpetrar la masacre de las bananeras el 6 de diciembre de 1928, que cobró la vida de miles de trabajadores de la ciénaga de Santa Marta en pro de los intereses de la United Fruit Company.

En este orden de ideas el imperialismo y el avance del fascismo, no son anomalías, sino que representan el transcurso histórico, además de la naturaleza del sistema de producción capitalista; El cual basa su supervivencia en el fomento de las crisis, la intensificación de la explotación de mercados antiguos y la búsqueda de conquista y explotación intensiva de nuevos mercados, aunado a la dominación de la burguesía de unas naciones a otras. De este modo tal como lo advertía Karl Marx desde el siglo XIX, el capitalismo representa el antagonismo hacia la vida, en pro de la acumulación constante de los beneficios en manos de unos pocos a costa del sufrimiento de los muchos. Bajo esta lógica, la amenaza que se cierne sobre nuestra región no es coyuntural, sino que representa la avanzada del Capital internacional.

Ante esta encrucijada, la respuesta a nivel de nuestras naciones debe ser el derrocamiento de todo orden capitalista existente, solo de esa forma se puede derrocar al fascismo, dada su inherencia a la expansión del capital. Sin embargo, el escenario actual y las estructuras económicas internacionales obligan a que nuestros procesos de izquierda no solo se queden en discusiones locales, sino que adquieran conciencia de la macroestructura y sus implicaciones, la cual condiciona cualquier proyecto socialista aislado en nuestra región.

Basta con repasar las características comunes de nuestras naciones latinoamericanas: países que, desde lo militar poseen baja capacidad de respuesta ante amenazas internacionales, siendo inútiles, dado el caso, para contrarrestar una intervención estadounidense; por otro lado, desde lo económico, somos pequeñas economías tomadoras de precios en los mercados internacionales, sectores industriales poco desarrollados, canastas exportadoras poco diversificadas (exceptuando casos aislados como Brasil y México), niveles bajos de Investigación y Desarrollo, deficiente soberanía productiva y carencias en infraestructura crítica. Este cóctel nos convierte en blancos fáciles, susceptibles a la intervención extranjera, socavando cualquier proyecto político.

No obstante, si existe una posibilidad real de supervivencia en nuestros proyectos socialistas, es el establecimiento de un bloque latinoamericano basado en una fuerte identidad común. Lo que aquí se menciona, no es la destrucción de la identidad nacional de los países actuales, sino su consolidación, mediante un proceso de integración social, cultural, militar, económica y científica. Brindando la posibilidad de soberanía a nuestros territorios, permitiendo el blindaje ante cualquier amenaza de las potencias extranjeras, y permitiendo el desarrollo de un modelo socialista libre de injerencias. La igualación de fuerzas en el escenario mundial, mediante la unión de países hermanos. Integración o barbarie.

En esta materia, Latinoamérica se constituye como la única región del planeta que cuenta con factores propicios para el desarrollo de un sistema común. Cualidades que ni la Unión Europea, ni la Unión Soviética en su momento, u otros bloques de integración pueden conseguir en su totalidad. Dichas características, por mencionar algunas, son la existencia de un lenguaje común (aun en el caso de Brasil, el portugués se constituye como un lenguaje de amplia compatibilidad con el español), historias nacionales compartidas, mitos comunes, valores compartidos, Geografía y cualidades ambientales semejantes; sociedades y costumbres similares. Rasgos que aquí se presentan simplificados, pero contienen un entramado de tejidos sociales mancomunados.

Dichas características compartidas no solo representan relatos comunes, sino que también constituyen la base de vínculos sostenibles entre distintas comunidades. Según académicos como Yuval Harari e Immanuel Wallerstein en sus diversas obras, estos rasgos comunes presentes en una sociedad son aquellos que permiten la formación de grupos humanos numerosos y sostienen la creación del Estado - Nación moderno. Bajo esta perspectiva, se hace un deber para la izquierda latinoamericana integrar esta meta a sus agendas programáticas, dado que la construcción de un proyecto común de región es la única herramienta que permitirá su sostenimiento y eventual éxito. ¡Víctimas de la colonización, se nos brindó las armas para nuestra emancipación resolutiva!

La derrota del fascismo e imperialismo, será exclusivamente mediante la unión y colectivización de los países de la región latinoamericana. Un Estado integrador con la fortaleza de repeler el ataque de la Burguesía internacional; un Estado que se reafirme en el socialismo, en el bienestar general y la sociedad de la gran mayoría por la gran mayoría; la planificación para el desarrollo de las fuerzas productivas de toda la región, incorporando las características propias de nuestros pueblos. Tal como decía aquella canción chilena de los 80 's; ¡Latinoamérica es grande, tiene que aprender a decidir!

¡Por una Latinoamérica socialista con características propias!

¡Hasta la victoria!